Sabor no es un juego que recordarías de las portadas de Computer magazine. Es un esfuerzo discreto de 1991 que se juega en pantalla como algo entre un shooter y un puzzle lógico, y en unas pocas horas desaparece en el olvido. Exactamente lo que esperarías de un disquete de esa época — sin fanfarria, sin historia, sin razón para sentirse mal por olvidarlo.
La esencia del juego es simple: barajas bolas de colores y las alineas en filas. Sin color, sin trama, sin contexto — solo estás ahí manipulando cosas en un tablero negro. Los elementos rebotan, caen, se combinan, y tu cerebro gradualmente se acostumbra a la idea de que esto es toda la diversión. No es revolucionario, pero hay una cierta elegancia en ese núcleo minimalista — no estás jugando una historia, no estás jugando animación, no estás jugando atmósfera. Solo estás jugando el mecanismo en sí.
Los controles son directos. Cursor, ratón o teclado — nada complicado. El juego te guía intuitivamente, sin tutorial, sin condescendencia. Te lo pongo así: no es tedioso, pero tampoco es el tirón que te agarra por la garganta y te dice "¡otra vez!". Jugar es agradable porque no es difícil, y es difícil porque después de cinco minutos sabes qué viene en los próximos cinco.
Sabor es el tipo de juego que todos jugaron y nadie recuerda. En alguna discoteca u oficina donde corría DOS durante los descansos — sí, quizá estaba corriendo ahí. Pero nada que cambiara el mundo de los videojuegos. Pertenece a la categoría de "entretenimiento hipotético", que existe pero solo con un encogimiento de hombros.
Hoy, la relevancia de Sabor es puramente archivística. Si te interesa la era DOS como tal, o eres coleccionista de estos juegos silenciosos y sin ambiciones, puedes ejecutarlo en un emulador. Lo encontrarás en alguna colección antigua. Pero no lo trates como un tesoro — es más como una canica bajo la mesa que recoges como trivial registro de cuando los juegos no tenían que esforzarse en absoluto.