Verso es uno de esos títulos con los que tropiezas en un archivo y al instante te preguntas qué es siquiera. Nadie lo elogia, no hay artículos sobre él, su existencia pasó casi inadvertida. De 1986, para DOS, sin género claro en la ficha: exactamente esa pinta tiene.

Es un juego de lógica con elementos de puzle. En pantalla aparecen piezas de colores que manipulas en una cuadrícula. El objetivo suena simple: emparejar, eliminar, avanzar por los niveles. No hay historia ni ambiciones, solo el intento de montar algo que funcionara como juego en PC. Recuerda a intentos similares de la misma época: simples, modestos en lo técnico, hechos para quienes compraban o descargaban un juego más por curiosidad que por presupuesto de ocio.
El control es básicamente simple: teclas de cursor, botón de confirmar. Los gráficos son desnudos, sin intento de estilo. El sonido es mínimo, o mejor no mencionarlo. Jugar tiene esa cualidad extraña: no es divertido ni frustrante; más bien tu cerebro echa humo preguntándose por qué alguien ejecutaría esto hoy en lugar de, digamos, Tetris. Los niveles avanzan, la dificultad crece, pero no te abandona la sensación de estar viendo la frontera de las cosas que intentaron ser juegos y no tenían lo necesario.

Verso pertenece a la categoría de juegos que se hicieron porque DOS existía y había una persona con un chip de memoria y tiempo libre. No hay en él genialidad ni un truco que diga: aquí el creador tuvo una visión. Es un intento que de algún modo llegó a hacerse y se quedó en los archivos como prueba de que en los ochenta se creaba todo lo posible y, a veces, lo imposible.

Hoy puedes jugarlo en el navegador como curiosidad. No es un juego que vaya a cambiarte; es puro coleccionismo. Si quieres entender cómo era esa parte de la historia de los microordenadores en la que las cosas se creaban sin que el resultado tuviera que ser un éxito o un fracaso, esto es un recordatorio. Más modesto que Tetris, pero tan callado como sonoro fue su silencio.