La secta necrófaga que aterroriza Hobdale tiene un problema: yo. Y lo saben. Lankhor, ese estudio francés que la mayoría olvida después de Maupiti Island, se atrevió con algo más oscuro en 1993, y Black Sect es exactamente el tipo de aventura gráfica que te deja con las manos pegadas al teclado, preguntándote si el próximo personaje que hables será un asesino disfrazado o simplemente un campesino paranoico.

El municipio medieval de Hobdale es tu escenario: callejones lodosos, iglesias siniestras, tabernas donde los secretos pesan más que la cerveza. Tu misión es doble y sucia como el polvo de ataúd: detener a una secta que desentierra muertos y, de paso, reconstruir un grimorio que alguien destrozó a propósito. No hay prisa artificial, ni música de pánico constante. Solo un pueblo que respira miedo lentamente, como si tuviera asma medieval.
Juegas como quien rebusca en la penumbra: hablas con personajes que miran hacia otro lado cuando mencionas la secta, registras casas, recopilas fragmentos de ese libro maldito. El sistema de inventario es funcional, la interfaz no te atormenta, y los acertijos tienen lógica retorcida pero justa. No es que sea fluido como agua; hay momentos donde la navegación te hace dar vueltas innecesarias. Pero cuando todo encaja —cuando descubres dónde guardó alguien un trozo de pergamino— el juego sonríe oscuramente.

Lankhor no innovó aquí, pero tampoco intentó. Copió la fórmula de las aventuras gráficas francesas de esa época: pixelart gris y marrón, ambientación densa, diálogos que no ahorran detalles desagradables. Veinticinco años después, Black Sect no brilla por técnica, pero su atmósfera sigue siendo un puño en el estómago. Es una reliquia de cuando las aventuras gráficas se permitían ser lentas, contemplativas, inquietantes sin efectos especiales.

Hoy, si tienes paciencia para un juego que no te toma de la mano, Black Sect vale la pena en DOSBox. No es un clásico absoluto como Broken Sword, pero es el tipo de experiencia que desaparece en el tiempo y que solo los que jugaron aventuras en los noventa reconocen como buena. Si esperabas algo brillante y rápido, aquí no encontrarás eso. Si buscas hundirte en un pueblo donde la maldad huele a tumba abierta, prepara el café.