Jugar por los malos tiene un sabor especial cuando lo que te rodea es un páramo radioactivo. Bad Blood, lanzado por Origin Systems en 1990, te pone al mando de una pandilla de mutantes y parias en un mundo donde la civilización se desmorona entre las ruinas. No es un experimento moral rebuscado — simplemente, los protagonistas son exactamente los enemigos que enfrentarías en cualquier otro RPG. Y eso cambia todo.

Se trata de un RPG táctico por turnos ambientado en una tierra baldía postapocalíptica. Montas un grupo de personajes desechables, cada uno con sus habilidades y defectos, y los envías a cumplir misiones para una facción conocida como el Arzobispo. El tablero es pequeño, la interfaz espartana, y cada combate es un puzzle lento donde los turnos pesan como plomo. No hay cinematismo, no hay alardes narrativos. Solo tú, tus mutantes y la lógica fría de quién dispara primero.
Lo que hace que Bad Blood sea memorable no es la mecánica, sino la mentalidad. No luchas para salvar a nadie. Luchas porque alguien paga, y porque tus personajes necesitan munición y vendas. La progresión es modesta — subes características, cambias de armas, reclutass nuevos miembros cuando los viejos caen — pero el ritmo es adictivo en una forma tranquila. Cada misión completada te acerca un paso más a la siguiente, y antes de que te des cuenta son las tres de la madrugada.

El juego envejeció como la mayoría de los RPG de aquella época: los gráficos son más funcionales que hermosos, el texto es minimalista, y la banda sonora desaparece en la memoria apenas terminas. Lo que duele, sin embargo, es la falta de pulir en el combate. Los turnos son lentos incluso para el ritmo de 1990, y los enemigos a veces parecen idiotas. Pero eso es casi parte del encanto — no se siente injusto, sino destartalado, como si jugases dentro de una lata vieja.

Hoy, Bad Blood sigue siendo accesible en emuladores. No es para quien busque historia épica o personajes profundos, sino para quien quiera probar qué se siente estar del lado equivocado sin culpa ni justificación. Es un experimento tranquilo de cómo la perspectiva cambia todo. Origin Systems sabía construir mundos así — amargos, específicos, raramente cómodos. Bad Blood es uno de esos juegos que desaparece del radar por ser demasiado extraño para ser famoso, pero que permanece latiendo en algún rincón porque hizo algo que nadie más se atrevió a hacer con tanta naturalidad.