Verano de 1996, calor sofocante, un ventilador que apenas gira y lanzo Settlers II por primera vez. Esperaba una estrategia bélica. Lo que obtuve fue un simulador económico con militares en un segundo plano — y quedé completamente absorbido.

Blue Byte construyeron el juego sobre una idea que entonces no era obvia: la guerra es resultado de la economía, no al revés. El jugador conquista el mapa construyendo edificios militares y expandiendo su territorio. Los edificios enemigos se capturan enviando soldados al ataque — y ahí, en esencia, termina la acción de combate. Ningún micromanagement de unidades, ninguna maniobra táctica. O tienes un ejército más fuerte, o no lo tienes.
Lo que realmente se juega es la cadena de suministro. Leñadores talan, aserraderos cortan, mineros excavan, herrerías forjan armas, granjas alimentan soldados — y todo está conectado por portadores que van de un lado a otro por caminos entre edificios. Cada portador tiene asignada una ruta específica y ves cómo todo el organismo se mueve. Cuando un eslabón se atasca, toda la línea se bloquea. Encontrar y reparar el cuello de botella es un trabajo limpio y satisfactorio. Esta era una experiencia que la competencia no ofrecía en 1996.

El juego envejece bastante bien hoy en día. Los gráficos son encantadores para su época — vista isométrica, figuritas animadas, un paisaje vivo — y en monitores modernos duele menos que muchos intentos de 3D de aquella era. El problema llega con el ritmo: Settlers II es un asunto que exige paciencia. El comienzo de cada mapa es un ritual de espera hasta que la economía despega. A quien esto no le gusta hoy, tampoco le gustaba entonces, pero entonces no había alternativas en forma de estrategias pausables con controles de velocidad.
Al sistema de combate se le puede reprochar que es pasivo hasta el punto del aburrimiento. Una vez que tienes producción suficiente, la victoria es más un trámite administrativo que una cuestión estratégica. Pero eso no es un error — es la intención. Settlers II nunca pretendieron ser un juego de guerra. Son un puzle de construcción con un toque militar.

Juégalos en el navegador si te divierte observar cómo funcionan los sistemas — cómo la logística se organiza por sí sola y dónde se quiebra. Si esperas acción o decisiones rápidas, estás en el lugar equivocado. Pero esas pocas horas en las que finalmente todo fluye sin problemas y el mapa entero cobra vida propia, sigue siendo una sensación excelente.