Cuando ThunderJaws arrancó en el Commodore 64 de un amigo allá en los noventa, lo supe de inmediato: estos tipos querían subirse a la ola de Tiburón, pero con un serio apetito por la acción. El juego es, sencillamente, una plataforma de acción con un tiburón de goma como protagonista, que se pelea a través de galeras y alcantarillas contra todo tipo de enemigos.

La jugabilidad es directa: corres, saltas, golpeas. El tiburón tiene tres modos de ataque: mordisco normal, empujón y una carga especial que consume energía. También pierdes energía al contacto con los enemigos, y el margen es ajustado. Los mapas no son enormes, pero tienen capas; te mueves hacia arriba y hacia abajo, algunos lugares solo son accesibles una vez que has subido de nivel, y a lo largo del juego las cosas evolucionan para que no te vuelvas loco de aburrimiento en los primeros cinco minutos.
Los gráficos son típicamente Commodore: escasos pero legibles. El tiburón tiene carácter, las animaciones son apropiadamente ágiles. ¿El sonido? Ahí está la cosa: a veces chirría, a veces retumba, y la melodía del menú se te queda grabada en la cabeza, quieras o no. De vez en cuando suena como si la tele se hubiera estropeado, pero esa es justo la época de la que hablamos.
El juego no te atrapa como podría hacerlo Ghosts 'n Ghouls o Ghouls 'n Ghosts. Es más bien una probada: unos cuantos niveles, la sensación de haber aprendido algo, y luego empieza a repetir mecánicas y ya te queda claro el panorama. No se alarga innecesariamente, pero tampoco te va a refrescar el alma.
¿Hoy? Si te encantan las plataformas retro y quieres revisitar el Commodore 64 sin el tedio, ThunderJaws no es mala elección. No es Impossible Mission ni Commando, pero tiene el encanto retro adecuado y se juega sin ninguna mala pasada. Lo terminarás rápido, y eso es exactamente lo que recordarás de los viejos juegos de 8 bits.